Espía implacable by Alfredo De Braganza

Espía implacable by Alfredo De Braganza

autor:Alfredo De Braganza [De Braganza, Alfredo]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Intriga
editor: ePubLibre
publicado: 2023-08-15T00:00:00+00:00


17

David levantó la cabeza con hastío y observó el interior de la habitación. Una vez más, era espectador de la incompetencia india en el lugar de un crimen. No era a propósito, sino debido a la ignorancia. No respetaban las reglas porque no las había. Habían limpiado el cuarto, destruyendo así cualquier prueba que pudiera haber.

—Me imagino que, si queda alguna huella dactilar, será de los empleados de la limpieza.

Nagesh se encogió de hombros sin darle importancia. Los dos se quedaron de pie. Se oía el ronroneo del frigorífico del minibar.

La cama estaba hecha, las cortinas recogidas, las ventanas abiertas de par en par. Habían perfumado la habitación. Desde encima de los armarios, unos palitos de incienso desprendían aroma de vainilla.

El gerente entró. Era un señor gordo y peludo, con la camisa desabrochada hasta mitad del pecho. A pesar de su físico, se movía con absoluta agilidad. Al ver al nuevo visitante junto al inspector, exageró su consternación sobre lo sucedido.

—Señores, qué desgracia —dijo alzando los brazos y con tono de rendición.

—Para desgracia, la que usted ha creado —le espetó el inspector Nagesh.

—¿Qué quiere usted decir?

—Que han limpiado esta habitación —contestó con fingido enfado.

La única prueba de que hubiera sucedido un asesinato eran unas grandes manchas oscuras que, de tanto frotar, se habían quedado incrustadas en el suelo de madera.

—Tuve que hacerlo, señor inspector. A la señora de la limpieza casi le da un ataque al corazón. Sufrió un ataque de ansiedad.

—¿Quién limpió la habitación? —preguntó David.

—Mi asistente y yo —contestó el gerente señalando el suelo, en los círculos enormes—. Pero estas manchas no se van. Echamos lejía con la intención de limpiar la sangre, pero acabamos dañando la superficie.

—¿Cómo encontraron los cuerpos?

El gerente hizo un gesto de desagrado. A su vez, el inspector alzó la cabeza al techo, mostrando la gravedad de lo que vio cuando entró por primera vez.

—La parte posterior del cráneo había desaparecido en el hombre —contestó el gerente—. La mujer presentaba un orificio limpio.

—¿Dónde están los cuerpos? —volvió a preguntar David.

—Abajo. En la bodega.

—¡En la bodega! —repitió Nagesh con tono increpatorio.

—Es el único lugar frío…

—¡Frío! —repitió de nuevo—. ¿Qué pretendes, consérvalos por mucho tiempo?

El gerente se puso nervioso.

—No, no, señor inspector. Es el único lugar donde hay una puerta de salida al exterior. La descarga de mercancías se hace en la parte trasera. Sacando los cuerpos desde la bodega, no despertará sospechas.

—Te anticipas a todo, ¿eh? —dijo Nagesh con cierto desprecio— ¿y dónde crees que los llevaremos?

—No lo sé, pero fuera de aquí.

—Ya, y encima cometes un crimen.

—¿Yo?

—Eliminar pruebas de un asesinato se considera un crimen.

David se puso los guantes de látex y comenzó a inspeccionar la habitación mientras los dos seguían enzarzados en un coloquio que no llevaba a ningún sitio.

Los cajones seguían intactos y los armarios no parecían haber sido abiertos.

—¿Dónde están las pertenencias?

—Esto es lo que hay —dijo el gerente estirando los brazos, abarcando el interior de la habitación.

—Cuando se registraron, ¿se los vio con equipaje?

—Una maleta pequeña —contestó el gerente—. Sin duda, se la habrá llevado el asesino porque aquí no está.



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